Enfermedades

inventadas

 

 


En la segunda semana de abril, se ha celebrado, en Australia, una Conferencia Internacional sobre el “disease mongering”, que viene a significar, en castellano, algo así como “tráfico o comercio de enfermedades”. Estas enfermedades ficticias son inventadas o producidas, por parte de las grandes compañías farmacéuticas con el fin de medicalizar con productos propios ad hoc.

Hace muy poco años, y en un publicación tan respetable como al Brithis Medical Journal , los investigadores Ray Moynihan, Ioana Health y David Henry, en un artículo titulado> «selling sicness: the pharmaceutical industry and disease mongering» (br med j 2002; 324: 886-891 )., demostraban cómo los laboratorios farmacéuticos estaban inventando unas supuesta disfunción sexual femenina, para ofertar tratamientos con drogas.

Se trata de la extensión, al campo del mercado y la industria farmacéutica, de algo que ya hace muchos años se desarrolla en el resto de la industria: la creación de nuevas o falsas necesidades, para el consumo de nuevos productos. Este es, en realidad, el nuevo producto: la fabricación de necesidades. ¿Qué ha fabricado, nuevo, Estados Unidos, sino el american way life? Se trata de crear mundos ilusorios, no para responder a demandas y necesidades reales y preexistentes - como hacia la religión -, sino para generar demandas y necesidades también ilusorias. Pero, llevar esto al ámbito de las enfermedades, parece muy fuerte… Un mundo ilusorio de patologías inventadas…

La industria farmacéutica no se centra en responder a las múltiples enfermedades que no tienen hoy una terapia precisa, sino en inventar enfermedades masivas en occidente. La técnica reside en `patologizar situaciones y estados que no lo son, como la menopausia, la vejez, la tristeza, para, a continuación, proponer el correspondiente nuevo medicamento. La pubertad, la delgadez o la gordura son enfermedades medicalizadas. Este es el caso de la anorexia, una supuesta enfermedad exagerada hasta el paroxismo y que arroja unas cifras de mortalidad muy inferiores a otras muchas patologías silenciadas (una media de tres defunciones al año, en los últimos cinco años).

Y lo peor de todo esto no es el engaño y la estafa consiguiente, sino que esta patologización falsa acaba siendo finalmente patogénica. Es decir, que uno o una, acaba a la postre, estando enfermando, producto del consumo de fármacos inútiles y de males inexistentes. Esto sin tener en cuenta los efectos sicológicos y sociales del stress y la dependencia del poder médico y farmacéutico, que la dinámica del desease mongering provoca.

Esta es la realidad de la industria farmacéutica. Entre la imagen beatífica que los laboratorios difunden de sí mismos, como centros de lucha contra la enfermedad, y la imagen terrorífica de propagadores de enfermedades que ellos crean para luego combatir, la realidad es menos buena y menos mala. Difundir falsas enfermedades con falsos remedios. Esta media maldad es más rentable y menos costosa. La maldad tibia es quizás la esencia de la maldad en el mundo y, por ello, infinitamente más peligrosa que las tenebrosas historias de conejillos de indias.

Desafortunadamente, la nueva Ley del Medicamento no nos previne frente a esta tendencia de la mercadotécnica farmacéutica, sino que facilita un acceso más generalizado a los productos de los laboratorios sin cuestionar su necesidad o su utilidad.

 

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