Las técnicas de

clonación y

manipulación genética

 


 

La segunda mitad del siglo XX se ha caracterizado por un vertiginoso desarrollo científico y tecnológico. Tras el boom de la química y de la física nuclear, que a menudo han reportado serios problemas sanitarios y medioambientales, ahora parece que ha llegado la hora de la revolución biotecnológica.

Gracias a las técnicas de manipulación genética, hoy día es posible injertar, modificándolos si es necesario, genes provenientes de una especie en la información genética de especies completamente diferentes: genes de animales en bacterias o plantas, genes humanos en animales, etc., produciendo plantas o animales «transgénicos». Estos nuevos organismos, no presentes en la naturaleza, fruto de una acción del hombre sobre su ADN, son denominados «OMG» (organismos modificados genéticamente).
Un tipo de manipulación genética aplicada recientemente sobre los animales es la clonación, es decir, el injerto de un núcleo de una célula de una parte del cuerpo no destinada a reproducción (células somáticas, como las de la piel o de cualquier órgano interno) en una célula huevo (células reproductivas femeninas, que junto con los espermatozoides constituyen las células germinales) vaciada previamente del propio núcleo. Si tal célula sobrevive a la intervención y consigue brotar en un útero huésped (en el caso de los mamíferos), puede dar origen a un nuevo organismo con las mismas características genéticas del individuo a quién pertenecía la célula somática, es decir, da origen a su «clon». Es el caso de la famosa oveja Dolly.

Una clonación similar a la que se produce casualmente en el ser humano con el nacimiento de dos gemelos monovulares, se puede conseguir también separando las células que se obtengan de las primeras divisiones de un óvulo fecundado. Algunos laboratorios de Inglaterra y Japón están efectuando investigaciones para reproducir mamíferos por vía partenogenética estimulando la segmentación de una célula huevo no fecundada por el espermatozoide, y más tarde implantando el embrión en formación en el útero de una hembra huésped; de este modo nacen sólo hembras que reciben información genética exclusivamente de la madre. Si en las generaciones sucesivas se prosigue con la manipulación por vía partenogenética se obtienen, de hecho, sólo hembras clonadas.
El deseo de algunas empresas de producir plantas y animales transgénicos o clónicos y de patentarlos como si fueran meros «inventos», ha provocado una gran preocupación social, hasta el punto de generar una gran alarma en la opinión pública por las posibles consecuencias medioambientales y sanitarias de la difusión incontrolada de OMG, así como por los interrogantes de carácter ético o moral que suscitan tales manipulaciones.

Aunque puede resultar claro el motivo económico que empuja a las multinacionales a invertir en este sector con la esperanza de obtener grandes beneficios, no tan claro resulta el balance costes-beneficios para la colectividad. La experiencia ha demostrado que, en el caso de la industria química y la nuclear, la aplicación de las nuevas tecnologías ha tenido consecuencias a menudo lamentables para el equilibrio ecológico y para la salud. Esto debería hacernos sospechar sobre el empleo de la ingeniería genética y sus posibles consecuencias. De hecho, las técnicas de manipulación genética son por el momento muy imprecisas y no permiten evaluar las consecuencias y los riesgos en el tiempo y en el espacio (difusión en el medio natural de un OMG que se reproduce durante varias generaciones).

Las objeciones realizadas por numerosos científicos, filósofos y estudiosos de la bioética durante los últimos años respecto a la proliferación de organismos manipulados pueden ser resumidas del siguiente modo:

1. Por mucho que esté avanzada, la ingeniería genética no está en condiciones de operar con precisión, el ADN inyectado se integra en el genoma del nuevo organismo en posiciones casuales, sin posibilidad de prever las interacciones con otros genes y con la fisiología del organismo.

2. Por consiguiente, algunas plantas producidas con fines alimentarios pueden resultar tóxicas o producir alergias, incluso tras un cierto tiempo de su difusión (es el caso de la soja, en la cual ha sido introducido un gen proveniente de Brasil).
3. Los animales transgénicos a menudo son individuos débiles, enfermos o estériles y también sus productos podrían tener efectos no deseados sobre la salud.

4. Los nuevos organismos manipulados no tienen de manera instantánea la criba de la selección natural y contienen combinaciones genéticas que nunca hubieran podido verificarse de modo natural. Las consecuencias de su difusión en la naturaleza no son valoradas y podrían determinar perturbaciones en los actuales equilibrios naturales, formándose lentamente, generación tras generación, durante millones de años.

5. La introducción de especies animales y vegetales transgénicas para usos zootécnicos y agrícolas reducirá ulteriormente la diversidad genética.

6. Además, cabe preguntarse si éticamente es lícito intervenir en el genoma de plantas y animales. En el caso de estos últimos, cabe preguntarse además a qué tipo de vida serán destinados, teniendo en cuenta que no puede ignorarse el problema de su bienestar o sufrimiento.

Consideración aparte merece la hipótesis de híbridos hombre-animal. Desde hace años ya se están produciendo cerdos y ratones con genes humanos por motivos de investigación, pero también para una eventual producción en serie, mediante clonación, para obtener órganos de recambio para transplantar. ¿Cómo se establece cual será el porcentaje de genes humanos éticamente aceptable para trasplantar a otros animales?

El problema no es irrelevante si se piensa que hace 10 años el profesor Branetto Chiarelli propuso producir con técnicas de procreación artificial un híbrido hombre-simio para destinarlo a trabajos «desagradables» o como «reserva» de órganos de trasplante. Contra la hipótesis del «hombre-mono» se levantó entonces una fuerte oposición desde el mundo de la cultura, la religión y la ciencia. Pero hoy, el híbrido hombre animal es ya una realidad y a nadie parece importarle si tiene 1, 10 o más genes humanos, porque no sabemos hasta donde llegaremos en esta carrera, que sólo para órganos de transplante, está considerada muy prometedora desde el punto de vista económico. ¿Y desde el punto de vista ético y social?

Desde el punto de vista biológico y sanitario, esta hipótesis es extremadamente peligrosa. De hecho, eventuales órganos de animales, aunque «humanizados», contienen virus y porciones de ADN que podrían ser letales para los hombres. La introducción de un órgano animal (xenotrasplante), lleva a la difusión de células animales en el resto y por lo tanto a la formación de un híbrido hombre-animal. Esto es lo que descubrió Starzl en 1992 después de trasplantar un hígado de babuino a un hombre, que falleció 70 días más tarde víctima de múltiples infecciones extendidas por todo el cuerpo, dándole el nombre de «quimera post-trasplante».

Hemos hablado hasta ahora de manipulaciones sobre microorganismos, plantas o animales, pero todo lo que se puede hacer sobre un animal es técnicamente posible hacerlo también sobre el hombre y esto es válido tanto para la introducción , ya practicada, de nuevos caracteres en las células somáticas (para curar de forma localizada enfermedades genéticas sin posibilidad de transmitir el carácter a los hijos), como para una eventual manipulación de la línea germinal, los gametos, con efectos permanentes sobre la descendencia. Esta última hipótesis es considerada inaceptable tanto por los expertos en bioética como por los científicos, pero es técnicamente posible.

Un discurso análogo se puede hacer sobre la clonación. Si es practicable en otros mamíferos, también puede hacerse en el hombre. De hecho, un científico norteamericano ha anunciado (enero de 1998) su intención de clonar seres humanos aprovechándose del vacío legal existente.

Por esta razón, debemos decir no a la clonación humana, pero también a la clonación animal, porque antes o después algún «científico» podría intentar transformar en realidad la pesadilla descrita por Aldous Huxley en su novela «Un mundo feliz». Pero es necesario decir no a la clonación animal también por otras razones éticas y científicas. La clonación equivale a una forma de reproducción asexual y está extendida, naturalmente, en los vegetales, cuyas células tienen posibilidad de reproducir toda la planta, pero tal potencialidad se ha perdido en el transcurso de la evolución llevada a cabo por los animales. Con la clonación artificial de los animales se trastocan las reglas naturales y, como la transformación de los animales en «máquinas productivas» en las granjas intensivas, abarrotadas de herbívoros convertidos no sólo en carnívoros sino también en canívales, ha llevado a la BSE ha recurrir a la clonación para obtener una reproducción en serie de «animales máquinas», las consecuencias que puede tener serán difícilmente previsibles.

No todo lo que la ciencia indica como posible debe ser llevado a cabo necesariamente. Por el contrario, es necesario que las aplicaciones tecnológicas de los descubrimientos científicos no vayan en detrimento del bien común. Esto comporta la verificación de los efectos indeseados, con la obligación moral de no permitir aquellas técnicas cuyas consecuencias reales no se puedan prever tanto a corto plazo como para las generaciones futuras.
Para garantizar una correcta dialéctica entre el mundo científico, el poder legislativo y la opinión pública, es fundamental sobre una materia tan delicada, recalcar el derecho a la información para todos los ciudadanos a fin de que las elecciones presentes y futuras involucren al conjunto de la colectividad. Esto significa transparencia en quien opera a nivel científico, pero también y sobre todo en quien opera a nivel productivo, evitando el secreto industrial y garantizando la máxima información sobre los productos de consumo, mediante un etiquetado claro y comprensible que indique si los componentes y los procedimientos empleados han sido sometidos a manipulaciones de la información genética.

 

CONCLUSIÓN


En conclusión, creemos que:

1. Ningún organismo genéticamente manipulado debería introducirse deliberadamente en el ambiente, sobre todo si éste puede reproducirse espontáneamente.

2. Los productos que contengan tales organismos o parte de ellos no deberían comercializarse.

3. No deberían producirse animales transgénicos con deformaciones o enfermedades provocadas voluntariamente por injerto de genes extraños.

4. Debería quedar taxativamente prohibida la intervención genética sobre células de la línea germinal.
5. Ninguna nueva forma de vida (microorganismo, planta o animal) obtenida mediante manipulación genética debería ser patentada. Análogamente, no deberían patentarse sus partes o sus células o sus genes.

6. Los productos comerciales que contengan organismos modificados genéticamente, o sus partes, aunque carezcan de genes introducidos en el organismo, deben llevar en la etiqueta, de forma clara y precisa, el origen transgénico del organismo.
7. Especial antención debería prestarse a las autorizaciones para el injerto de genes humanos en animales, con el fin de evitar futuras generaciones de híbridos animal-hombre. En todo caso la autorización debe prever que se trate de animales estériles y que sus órganos no puedan ser utilizados para transplantes en el hombre, vista la dificultad de prever el riesgo de difusión de virus y genes animales en la especie humana.
8. Debería prohibirse la clonación y la reproducción partenogénica de individuos de la especie humana, así como cualquier investigación en esa dirección. En las especies animales cuya reproducción asexual y la partenogénesis natural no se verifica ni siquiera accidentalmente, la clonación y la reproducción partenogenética también debería prohibirse.

Esteban Cabal

 

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